Crítica de Las chicas del cable

Hace algunos días os presentábamos la serie con un pequeño avance y hoy, por fin, os traemos la crítica de Las chicas del cable, la primera serie española de Netflix.

Y es española en todos los sentidos, los buenos y los malos. Producida por Ramón Campos, Teresa Fernández-Valdés y Gema Neira, era de esperar. Y, a ver, puede que no sepáis quienes son, pero son los productores de Velvet y Seis hermanas. Ambas series están ambientadas entre principios y mediados del siglo XX. Series de época. Hay que reconocer que se les da bien, que es su género, pero que es demasiado recurrido. Y os lo voy a explicar bien en esta crítica de Las chicas del cable.

Ambientada en 1929, la serie comienza con la inauguración del nuevo edificio de la compañía telefónica más importante de España. Este punto de encuentro es donde se cruzarán las vidas de las 4 protagonistas, todas con sueños de grandeza. Ya sea para huir de su rutina, para reforzar su independencia o para escapar a una nueva vida, acabarán todas ahí.

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He de decir que la idea es buena, y que la serie no es un tostón insufrible que se vea más por obligación que por gusto. Pero tiene sus taras, y tiene bastantes. Aunque comencemos, mejor, con los puntos fuertes de esta crítica de Las chicas del cable.

Lo bueno, que lo tiene

Posee, todo sea dicho, una ambientación muy bien lograda. No solo la ropa, de cuyo equipo de vestuario deberían estar orgullosos. También los escenarios están meticulosamente cuidados y proporcionados. Las calles de Madrid, el interior del edificio central, la pensión o, incluso, el bar que frecuentan los personajes. Todo tiene hasta el más mínimo detalle para sumergir al espectador dentro de la ficción.

Y lo mismo, efectivamente, con la ropa, que nos devuelve a unos años 30 donde no se permitía a las mujeres siquiera sugerir sus curvas. Han logrado expresar la marcada diferencia entre clase alta y clase trabajadora mediante las vestimentas. Así como la modestia de pueblo con la excentricidad de la ciudad, por no hablar de los trajes para las fiestas con sus cuidadísimos tocados.

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El habitual triángulo amoroso

Con respecto a los personajes, que sé que lo estáis esperando, hay mucho que decir. Mi pregunta más importante es, ¿por qué Blanca Suárez otra vez? ¿Esa mujer tiene que estar en todas las series dramáticas españolas, sin excepción? Su interpretación es un calco de cualquier otra que haya hecho desde que dio su salto a la fama. Manida, cansada y repetitiva. Parece que la actriz no sabe meterse en su papel y utiliza sus experiencias pasadas para salir del paso. Por no hablar de que la historia de “chica que tiene problemas de niña y se vuelve una mujer fría e independiente” en su caso ya lo tenemos muy visto.

Lo que nos lleva a Yon González, quien ya se había metido en el papel de una serie de época con “Gran Hotel” la cual, por cierto, está dirigida también por los directores de Las chicas del cable. Una actuación que podríamos tildar, también, de “calco”. Aunque sus papeles sean ligeramente diferentes en lo que a dinero se refiere, la cosa va por los mismos tiros. Chico que busca a chica, chico que es muy duro pero que por dentro es un cacho de pan, chico que utiliza todo lo que tenga para conseguir su propósito, chico que se enamora de chica imposible… Lo mismo de siempre.

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Finalmente, la idea de meter a Martiño Rivas para cerrar el ya muy visto triángulo amoroso tampoco ayuda. Puesto que solo sirve para recordar al trío de actores que comenzaron su ascenso al estrellato con El Internado hace ya años. Aunque este personaje da más juego y se le puede coger hasta algo de cariño. Quizás si no lo hubieran metido en el triángulo amoroso se habría lucido mucho más. Aun así, mi enhorabuena para el actor.

Las subtramas que verdaderamente atraen

Definitivamente la serie está mal enfocada. Lo que verdaderamente llama la atención y engancha son las subtramas, casi ajenas a la trama principal del triángulo amoroso. Así, las actrices Maggie Civantos y Ana Polvorosa se lucen de una manera única en sus respectivos papeles. La primera siendo una telefonista ejemplar, madre de una hija, que se debate entre abandonar su puesto como le pide su marido o continuar trabajando como le pide su corazón. Esto sí es un símbolo feminista de los años 30. La segunda es la supervisora de las telefonistas, y su evolución como personaje en tan solo 8 episodios es sublime. No puedo decir mucho sin entrar en spoilers, pero la manera en que la actriz logra el acercamiento del personaje es, a mi juicio, magistral.

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Mención también al interesante papel que juega Borja Luna como el novio en la ficción de Ana Fernández. Pese a que al principio creíamos que sería simplemente un personaje de paso, comienza a integrarse bien en la serie, empezando a verse sus sueños e inquietudes y cogiéndole un cariño especial.

De la misma forma que al personaje de Nadia de Santiago, a quien le ha tocado, a mi parecer, uno de los papeles más absurdos y mal llevados de la serie. Porque planteaban muy bien a una chica de pueblo que llega a la ciudad con la intención de ser fuerte e independiente. Algo que acaba en la basura cuando su máximo objetivo en la vida parece ser vivir feliz con un hombre. Adiós al feminismo.

Lo malo, que no es poco

Algo que ya destacaba considerablemente en el avance de Las chicas del cable, es la desastrosa idea de utilizar canciones actuales en un contexto de los años 30. Y no me refiero a meter alguna canción en un momento puntual para dar dramatismo. Me refiero a utilizar canciones del siglo XXI como si los protagonistas las bailaran en sus momentos de ocio dentro de la serie. Decisión poco acertada, desde luego.

Otro punto que elimina bastante el atractivo de la serie es que realmente parecía que trataría el feminismo de la época, la independencia y la lucha por ella. Desgraciadamente, todas las protagonistas, sin excepción, se ven encerradas en la temática amorosa de una forma u otra. Así, el papel independiente queda relegado a un segundo y oscuro plano. Aunque este va cobrando protagonismo a medida que pasan los capítulos, no adquiere la importancia que debería tener.

Sin entrar en algunos momentos de la serie que se veían venir muy de lejos, quiero hablar del terrible papel secundario de Concha Velasco. Teniendo en cuenta que hay confirmada segunda temporada, espero que el papel de  esta mujer cobre fuerza y protagonismo. Pues sería de un tremendo desperdicio tener una actriz de su nivel y utilizarla de la forma en la que lo están haciendo.

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En resumidas cuentas, os aseguro que la serie, aún con sus problemas, que los tiene, es digna de ver. Pese a su predecible triángulo amoroso, las tramas de los demás personajes son bastante atrayentes. Los giros de guion son lo suficientemente inesperados como para que, a veces y solo a veces, hasta el triángulo amoroso adquiera un poco de interés. Desde GuiltyBit, al menos, ya estamos esperando la segunda temporada.