El Ministerio del Tiempo 1x03

Aquí en GuiltyBit tampoco somos amantes de los lunes y nos gustaría volver atrás en el tiempo para revivir una y otra vez nuestros desenfrenos del fin de semana en bucle infinito. De eso, de volver al pasado los lunes, es de lo que va el Ministerio del Tiempo, y de nuestros fines de semana ya os hablaremos en otra ocasión porque ministéricos y ministéricas, vamos a analizar que ha dado de sí este tercer episodio de MdT. Este 1×03 “Cómo se reescribe el tiempo” prometía mucho: nazis, traiciones, revelaciones, acción, humor y distopía nacional de la buena. Acompañamos a Julián, Alonso y Amelia, en su aventura por evitar la entrada de España en la Segunda Guerra Mundial… ¿lo conseguirán? ¡Dentro análisis!

La intro viene de la mano de Amelia, que realiza un monólogo acompañada por una melodía de piano no del todo original pero igualmente efectiva. Resulta que están pintando un cuadro en el que ella y su familia aparecen representados, aunque la pobre, con sus pájaros en la cabeza, no parece muy centrada, como recalca su madre. La voz de Amelia nos lleva al presente, dónde vemos a Julian disparando y a Alonso asimilando el presente, muy fan de las motos, (¿el primer Tercio heavy-motero de la historia? Una tribu urbana digna de estudiarse por los mejores sociólogos, sin duda). Mientras tanto, Amelia intenta comprender todo lo que se ha perdido desde el siglo XIX de la mejor manera posible: a través de la televisión. Leer es aburrido hasta para los genios de la lógica y el pensamiento, ¿verdad Sra. Folch?

Al parecer Velázquez, el famoso pintor patrio que ya viene postulándose como Guest Star desde epis atrás, cumple años. Este instante de felicidad contrasta con la voz de Amelia, que profetiza desastres por venir (¿sabrá ya el resultado de las elecciones?).

De aquí y tras el visionado del opening, pasamos al filtro frío fotográfico tan característico del cine bélico. Dos hombres corren cual galgos por unos bosques, perseguidos por unos pastores alemanes enardecidos y unos NAZIS a cámara lenta. Uno de ellos cae abatido por un disparo y el otro, menos valiente, opta por salvar el pellejo: sabe cómo viajar por el tiempo (¡y hablar en un francés comprensible!).

Y hablando de Francia, allí es adonde nos vamos ahora. Corre el año 1940, y París está ocupado. En un lujoso hotel, están sometiendo la voluntad del republicano coward a base de suero de la verdad, (por si acaso no era suficiente con las amenazas psicológicas y físicas, estos nazis que cosas tienen). Los científicos revelan lo que era un secreto a voces: el preso ha dicho la verdad; es posible viajar en el tiempo. Hay que dar la noticia al Führer, y a través de un plano de lo más atractivo y seductor, descubrimos que este portavoz será Heinrich Himmler, comandante en jefe de las temidas SS, ni más ni menos. Este se pone en contacto con el ¿capitán Schweinsteiger? No precisamente para enviarle notificación de su convocatoria para la selección nacional.

“¿Los tapices? Nada, en Ikea de rebajas…”

Cruzamos el Pirineo y nos vamos a la Abadía de Montserrat, donde tiene lugar una reunión del resto de fugitivos republicanos con Lola Mendieta, la agente renegada que parece obsesionada con dar al traste con los planes del Ministerio. Parece que ella sabe que hay una puerta temporal en una sala de la Abadía, y pretende aprovecharla para enviar a los dos al futuro para salvarles el pescuezo. Lástima que lo que no supiera fuera la deflación galopante que afecta ahora mismo a la zona euro (las pesetas cotizan más, ¡hombre!).

En el Ministerio, Velázquez pide paso como personaje principal y sostiene una riña con el Director Salvador: “mis cuadros están mal restaurados, su iluminación parece sacada de una serie española de televisión”. Y yo que aplaudo. Me encantan esos arrebatos humorísticos de parodia de MdT.

Los republicanos fugados del pasado se alojan en una pensión que encuentran sin necesidad alguna de Google Maps, y charlan mientras comen del chino. No sabemos si acertaron en el restaurante con el pedido o no porque es la primera vez que estos dos prueban comida asiática. Los compadecemos.

En la cafetería del Ministerio suenan los buscas: es hora de dejarse de zarandajas y de ver un vídeo en blanco y negro explicativo en Cinexin que nos ponga a todos en antecedentes. Hitler, Hendaya, Franco, Segunda Guerra Mundial. Ya os puedo ver echando humo, culpables.

El plan es el siguiente: mientras Julián, Amelia y Alonso se dirigen a Montserrat, Ernesto e Irene, irán de apoyo y se asegurarán de que pase lo que pase, España no entre en la 2ªGM. Esto nos proporciona la ocasión de ver sobre el terreno a la pareja ministerial de oficina, así que perfecto. No obstante, casi prefería quedarme en la inopia: Ernesto parece tener el don de convierse en botones en un abrir y cerrar de ojos y es capaz de hablar un alemán que ni en la cuenca del Ruhr (¡toma ya!). De esta guisa, Ernesto se infiltra en una comida en el Ritz entre Himmler y el enviado español, que tiene por propósito presentar las enmiendas de Franco para llegar a un acuerdo con Hitler, todo ello aderezado con el carácter cañí marca de la casa, con la tradicional afición a la tauromaquia tan boyante en los años 40. Ernesto aprovecha este nuevo episodio de ibérica vis cómica para para colocar con disimulo un micro en el auricular del teléfono de Himmler.

El botones Ernestino en plena acción.

Al mismo tiempo, en el presente, en la pensión del dueto republicano, uno cae presa de una alergia repentina. Las gambas las carga el chino, ya se sabe. Juan, que es como se llama el interfecto, termina en el hospital, y debido a una alerta por un agente random del Ministerio, hacia allá se desplaza nuestra querida patrulla temporal.

El micrófono de Himmler crepita a través de 65 años de historia y tiene a Ernesto, Director Salvador e Irene escuchando con una nitidez que ya la quisiera para sí el Facetime. El audio revela que Himmler no es del todo fan de los toros (“Gallito es un cabrón asesino”) pero que sí es amante de la ópera. Canta Wagner nivel mejorable, siempre superado en solemnidad por Chiquetete, como apunta Director Salvador. Es igual, el caso es que estamos en problemas: los nazis se encaminan a Montserrat y van a aceptar las condiciones que pide Franco.

Como MdT es una serie que hibrida géneros y mezcla diferentes tonos niveles dramáticos, antes de pasar por la puerta, el trío se toma una pausa para hacer acopio de fuerzas y ponerse relativamente serios. Son momentos en los que el diálogo cobra fuerza y se realiza introspección en los personajes y sus particulares obsesiones, lo que siempre es de agradecer. Nuestros héroes aparecen en Barcelona. “Es casualidad que nos vengan a buscar al propio barrio” declara Amelia. Deux Ex Machina del copón, declaro yo. Julián aprovecha para recitar un poco de historia, hasta que recae en un escaparate. Ha creído ver a Amelia en un cuadro…

La patrulla es recogida por unos tricornios (que no son unicornios de tres cuernos, no) y van camino del monte, donde se encuentran con unos maquis. Se dan ciertos momentos de tensión, pero todo queda resuelto cuando se habla del mus y se revela que son todos en realidad agentes del Ministerio.

Alonso en la mejor interpretación de Jar Jar Binks que se le recuerda.

Entre tanto, Ernesto ha pasado a vestir el caqui bélico del ejército nacional en un nuevo ejercicio de hiper-velocidad en el cambio en el atuendo que haría palidecer al mismísimo Mortadelo, y se encuentra junto a Irene, vestida de enfermera, a bordo del tren que lleva a Franco de camino a su histórico encuentro en Hendaya con Hitler. Mientras charlan se vuelve a coquetear con la época a la que pertenece Ernesto, enigma que a estas alturas ha cobrado relevancia para aparecer en un debate de Cuarto Milenio. Conocemos a Franco, en la que puede ser tranquilamente la mejor actuación del episodio, y confirmamos que la dirección de casting en MdT es sublime de nuevo.

Volvemos al bosque maqui, en donde Julián, Alonso y Amelia, en solidaridad con Ernesto, se disfrazan también: los chicos de guardias civiles y la chica de monje. Y no, no es un videoclip de Lady Gaga. Así da comienzo la travesía a la Abadía de Montserrat que acaba con una panorámica que lo hace parecer el Abismo de Helm por lo menos.

Mientras tanto en el Ministerio, andan algo tensos porque quién fuera General de los Tercios de Flandes y grande de España, Don Ambrosio Spínola, se halla perdido. También puede ser que dejara cargando el móvil en su casa de Breda en el siglo XVII, pero eso el episodio no termina de aclararlo.

Regresamos a la Abadía. Amelia ha entrado en [modo Carmen Sandiego on], y se dedica a investigar dónde se encuentra la puerta temporal. Sin embargo, los alemanes que son muy malos y muy rápidos, se anticipan y la encuentran antes. Amelia consigue huir de un disparo a bocajarro de forma mágica y comienza una persecución que termina en el campanario. Entonces irrumpen Alonso y Julián: “este no necesita subtítulos” afirma chistoso el enfermero del SAMUR al comprobar que el nazi habla español. Al final llegan refuerzos germanos y los protagonistas terminan apresados en una celda monacal.

“Oigo campanas y no sé de dónde…”

Por otro lado, Amelia es llevada junto a Lola Mendieta, donde se insinúa su mayor conocimiento sobre todo y un impacto en la trama determinante, aún por revelar.

Por si todo esto fuera poco, Himmler llega con un batallón de botas atronando el suelo dispuesto a liarla parda. Los nazis comienzan a trepar por los escalones en otro alarde visual más, conformando un plano muy llamativo y recalcando de nuevo el mimo técnico en todo lo que rodea a MdT. Bravo.

Mientras tanto, Julián y Alonso juegan a las casitas en la celda, cosa que pretende aprovechar el Tercio para provocar una distracción con la que poder escapar. No sé si habéis escuchado el chiste del infierno español, pero es tan malo como la coreografía de la pelea con la que resuelven el enfrentamiento con el que se libran de los guardias.

Los nazis han descubierto la puerta temporal y se disponen a atravesarla. Es Madrid 2015 y la calle está prácticamente desierta, pero el único que se percata es un mendigo: “otra peli de guerra… ¡que aburrimiento!”, exclama. Lástima que para creerse un Madrid tan vacío tendría que explotar una bomba nuclear. O una espera interminable en el andén de metro. O ambas.

En el pasado, Alonso y Julián liberan a Amelia e intentan avisar al Ministerio. Marcan los dígitos y entonces descubren que los alemanes han tomado la secreta institución. Como dice Alonso, “hay que avisar a los paquis”. Guiño-guiño, patada-codo: el humor de MdT sigue presente.

En el vagón del tren, vemos al Führer por primera vez. Este Adolf ficticio me resulta un poco menos creíble que algunos de sus homónimos de otras tantas obras audiovisuales, pero bueno. El caso es que Hitler está feliz, aunque no debería de estarlo por mucho tiempo: básicamente porque es Hitler y porque Ernesto ha echado cianuro a su vaso de agua, no vaya a ser que los planes de Himmler tengan éxito y España se convierta en colonia alemana (con entregar Mallorca ya nos conformamos).

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“¡¿Qué?! ¡¡¿¿Que ya no quedan Amiibos de Mario??!!”

En la Abadía de Montserrat, las cosas se han caldeado bastante: Alonso arrea un bofetón fuera de encuadre a Lola y la tilda de traidora, sin embargo ésta revela que en verdad, ha tendido una trampa a los cabeza-cuadraden y que el Ministerio tiene sus mecanismos para defenderse. En este caso gracias a los TERCIOS (que suenen las trompetas de la caballería).

Todos pasan por la puerta, que a estas alturas parece un módem de Movistar de tanta saturación, quedándose Lola y Amelia atrás. Poco a poco vamos sabiendo más de la trama de Mendieta; quiere salvar vidas y cambiar la historia, no preservarla. Ante tamañas revelaciones, a nuestra querida estudiante catalana no le queda otra que bajar la pistola y dejarla marchar.

En el Ministerio, irrumpen los Tercios con Bruce Wi…esto Ramón Langa a la cabeza, que para ser italiano habla sin acento alguno y además haciendo gala del clásico gen ibérico del pim-pam-propuesta.

Para terminar de arreglar la cosa, hace acto de presencia la patrulla amenazando a Himmler con cuchillo al cuello y cesan las hostilidades. El director amenaza a Himmler con mandar un comando para impedir que sus padres se conozcan en el pasado, impidiendo así su existencia, lo que resulta en una paradoja tan incomprensible para el pobre Heinrich que termina accediendo y dejando el tema del viaje en el tiempo en mera anecdotilla. No veo a un monstruo de esa calaña negociando por ese tipo de cosas, pero se ve que el jet lag temporal le ha pasado factura. En fin, cosas del guión.

Ramón Langa Superstar

 

Mientras tanto, a Hitler le entra la sed mientras firma contratos. Cuando está a punto de beber del vaso envenenado, escucha al teléfono que sus planes se han torcido y se rompe el acuerdo. Su enfado es una leve corriente de aire primaveral si la comparamos con el acceso de ira monumental protagonizado por Bruno Ganz en El Hundimiento y parodiado hasta la extenuación en Youtube. Una lástima ver a un Hitler tan contenido en una serie tan presumiblemente descacharrante.

En Montserrat todo está finalmente bajo control. Los maquis se hacen fotos con las celebridades nazis, chiste con Luis Aragonés incluido. Un grande de España.

El episodio se cierra, como comenzó, con Amelia Folch.

El republicano fugado Juan decide volver a su tiempo, y todo hace indicar que no es por escandalizarse al comprobar que un Borbón sigue como jefe de Estado aún en el siglo XXI. Resulta que aún a pesar de que sabe que va a morir (ya por gambas no será), quiere volver para ver a su hijo crecer. Angelico él.

Amelia continua con sus pesquisas y llega a una lápida que en un giro inesperado (je) de los acontecimientos, no es otra que la suya. Descubre la fecha de su muerte, que se casó y que tuvo una hija. ¡Tachán! ¿Quién sera el padre?

La semana próxima viajamos a 1491, los tiempos de Michelle Jenner, alias Isabel la Católica, en un episodio que promete ser de lo más entretenido, con la Inquisición, Torquemada y Abraham Levi, el escritor de “El Libro de las Puertas” de por medio.

Y a ti, querido culpable, ¿qué te ha parecido el episodio?