EL MINISTERIO DEL TIEMPO 1X04

El 1×04 de “el Ministerio del Tiempo” ha llegado puntual a su cita del lunes noche y aquí en GuiltyBit lo celebramos por todo lo alto con una review sobre lo acontecido en este cuarto episodio, ahora que lo hemos dejado reposar unos días y se nos ha pasado la resaca del finde. En esta ocasión nuestros héroes deben evitar que Abraham Levi, el descubridor del llamado “Libro de las Puertas” (confirmamos: no es el catálogo del Ikea) sea juzgado por el infame Inquisidor Torquemada y mandado a la hoguera en 1491 por hereje. Porque eso de imputar en el siglo XV estaba sobrevalorado, no como ahora. Procedemos a desgranar este “Una negociación a tiempo”… ¡dentro análisis!

Un ligero desenfoque en la lente de la cámara da paso a un Mercedes. Así arranca (je) el episodio. El anónimo conductor se quita las gafas y baja de tan modesto vehículo. Resulta que no, ni estábamos en anuncios ni esto era una promoción de colonias por el día del padre: se trata ni más ni menos que de Aaron Stein, un abogado judío que representa los intereses de los descendientes de Abraham Levi y que ha venido a exigir indemnización al Ministerio por ¿negligencia temporal? El simpático leguleyo reclama 1oo millones de dólares a Director Salvador, quién solo dispone de 5 días para proporcionar una respuesta favorable a las demandas de los damnificados. De lo contrario, éste revelará todos los secretos sobre el Ministerio (incluyendo el de la eterna juventud de Cayetana Guillén Cuervo).

¿Qué quién era Abraham Levi? Tranquilidad, el buen flashback todo lo explica.

“Cuando las barbas del rabino veas pelar…”

 

En tiempos de Isabel la Católica – Michelle Jenner – se descubrió un manuscrito que revelaba una serie de pasadizos temporales. Aunque dicho libro está compuesto por garabatos y números incomprensibles (algunos en la redacción de Guilty reconocen a regañadientes haberlo confundido por un momento con los manuales de Matemáticas de la ESO), la cosa parece ir en serio, y el autor de tamaña revolución literaria no es Lucía Etxebarría, sino el rabino Abraham Levi, que viendo las orejas al lobo religioso (léase Inquisición) ofrece este inmenso poder a la Reina a cambio de una única condición: protección para su familia. La Reina acepta y se compromete a velar por la seguridad de los Levi, pero no llegó a cumplir nunca esa promesa (ya se sabe, las cosas de palacio…), y el bueno de Levi terminó pasado por el fuego.

Aunque han pasado 5 siglos, el crimen no ha prescrito para los descendientes judíos del rabino. Who you gonna call? ¡Patrulla temporal al rescate!

Comenzamos con Amelia, que sigue atónita en el cementerio ante la lápida, justo donde la dejamos tras el cliffhanger del anterior episodio; la pobre debe tener las articulaciones agarrotadas. La Srta. Folch ha cogido por afición escribir un diario que esconde como una amateur en una balda. Esta será muy universitaria, pero en primero de adolescencia debió de faltar por paperas. Su madre aparece en escena, ella dice marcharse a la biblioteca. “La vida es más que leer libros” dice Mamá Folch. “Ya lo sé, lo aprendí leyendo” un guiño muy simpático a los aficionados a la literatura y otra buena muestra más en el buen hacer del guión en MdT.

“Ponme a calentar los calçots, amor meu”

 

Como era de esperar, la madre encuentra el diario. Y como era de esperar, se escandaliza al ojear el contenido. Una madre es cotilla ahora y hace dos siglos.

En cuanto a Alonso y Julián, ninguno pierde el tiempo (ja) tampoco. Encontamos que el Tercio puede llegar a ser un futuro redactor de Guilty (se queda en el presente para viciarse a simuladores de motos en recreativas), mientras Julián se dedica a tomar fotos de Maite en ese pasado en el que ella aún no ha sufrido el accidente que acabará con su vida.

Los tres se reúnen para el característico gabinete de urgencia con Director Salvador, Irene y Ernesto: el Ministerio está dispuesto a saltarse las normas para salvarse a sí mismo, una justificación que puede parecer coherente en el mundo real, dónde la Administración protagoniza día sí y día también las portadas de los diarios no precisamente por su brillantez ética y respeto a la norma establecida, pero que paradójicamente, en la ficción resulta un tanto difícil de creer para una entidad que se presupone objetiva y profesional. Serán cosas mías.

Ernesto se sirve de una pizarra para explicar los entresijos de la misión: la puerta que da a 1491 está en Illescas, y además, otra menudencia más, está en bucle temporal (¿qué tendrá el bucle que resulta tan irresistible en la ciencia ficción?). “¡Necesitaremos refuerzos!” exclama eufórico Alonso. Dicho y hecho: reciben el apoyo del veterano Don Manuel López Castillejo, especialista en derecho medieval y viejuno certificado.

El primer plan consiste en sustituir al defensor de Abraham por Don Manuel en el juicio por herejía. En la campiña toledana hay lugar para todo tipo de coincidencias, así que Alonso se baja al buen abate con un puñetazo de lo más batmaniano (y no me refiero precisamente a las de Nolan). Así, se nos introduce al paseíllo de la vergüenza de Abraham, que con un capirote por sombrero se ve obligado a recibir los insultos de la plebe. El maltrato injustificado siempre es bienvenido cuando se trata de realizar comparaciones con los programas del corazón, como recuerda el siempre cínico Julián. Mientras tanto un perro se mea encima de Alonso, un escatológico dato de suma importancia que recuperaremos más tarde.

Pasamos al juicio, donde el trio es aceptado sin acreditación ninguna (he visto discotecas más rigurosas en sus requisitos de admisión). Es entonces cuando hace acto de presencia el insigne Tomás de Torquemada…y ¡sorpresa!, ¡es clavado a Ernesto! El supuesto gran conocimiento del jurista Don Manuel de nada sirve contra Torquemada, pero lo mismo da: cada momento en el que Juan Gea sale en pantalla vale su peso en pelucas religiosas. Qué gran actor.

“Ahora ya sabéis en quién se inspiró Javier Bardem para sus satánicos peinados”

 

La misión fracasa.

De vuelta al Ministerio, el trío sospecha de Ernesto y de que algo se les está ocultando cuando un parecido físico es tan evidente. Director Salvador sale por la tangente con el chascarrillo del episodio: durante una misión se encontraron a un organillero clavado a Bertín Osborne. Cuánto gana esta serie con estas muestras de humor.

El plan B se pone en marcha: esta vez, serán emisarios del papa de Roma.

En paralelo a la misión se interponen subtramas más personales, como viene siendo habitual, que dan más lustre al desarrollo de los personajes. En esta ocasión, el turno es de Amelia, a quién su vida secreta estalla en la cara, pues su madre anda con la mosca detrás de la oreja (¿y qué madre no? ¡Tranquila mamá, mándame más tuppers!) y se inventa una salida forzosa: Julián es su nuevo novio. Giro sorprendente y sin embargo esperado, ya que toda serie que se precie necesita de su inevitable tensión sexual no resuelta.

Pero no vendamos la piel del oso de finales del siglo XIX antes de cazarlo. Volvemos a 1491, y vemos como todo se repite. El perro se vuelve a mear en Alonso y entramos una vez más al juicio. Torquemada anda liado con sus soflamas, y entonces irrumpen en la sala Alonso y Julián disfrazados portando una bula (“bola” más bien) papal con la que pretenden salvar la vida de Abraham, pero el primer Inquisidor, perro viejo (y medio calvo) no muerde el anzuelo.

Abraham Levi arde una vez más. Son las fallas, ¿recordáis?

Vuelta al presente: el plan C consiste en recurrir a Isabel, pero antes, Alonso se enfrenta a Ernesto, harto de las incógnitas que se ciernen sobre la misión (cosa que le sucede con cierta frecuencia). Ernesto parece reacio ante la idea de participar en la misión, ¿a qué se deberá?

Julián acepta finalmente la simulación y acompaña a Amelia a casa de los Folch para cenar, ante la escrutadora mirada de la madre de Amelia y la displicencia del padre. Papi Folch aprovecha para hablar de la actualidad política del momento, cosa que Julián despacha sin muchas sutilezas. En un momento dado, el SAMUR se rebela contra la tiranía del momento y realiza el speech del episodio, reforzando la teoría de que más temprano que tarde probablemente Amelia y él acaben juntos (¿será él el marido y padre que figura en la lápida?).

Pasamos a la corte de Isabel en un déjà vu no del todo involuntario. “Juraría que la conozco de algo” susurra Julián en un genial guiño a los seguidores de la serie que en su momento emitió TVE. La propia Isabel, que anda un poco despistada con tanto quehacer monárquico, no recuerda nada relacionado con el tal Levi, pero una vez se le refresca la memoria, se compromete a arreglar la situación.

El dúo más querido por los españoles desde Pimpinela.

 

Retornamos al pasado. Mientras Julián se deleita haciendo el gañán, Alonso intenta hacerse el pillo, pero le sale rana, y vuelve a ser miccionado por el can. Tan líquido alivio por parte del perro parece ser cosa del destino inevitable. Esta vez, durante el juicio, el emisario isabelino aparece para entregar una nota escrita de puño y letra por la Reina, que de poco sirve, pues Torquemada la rechaza igual que hizo en anteriores ocasiones.

Mientras tanto en el Ministerio, Director Salvador descarta las propuestas de un beligerante Alonso, que tira más de la cuenta de las intervenciones armadas como única solución para los conflictos. Fuera por estar cansada de tanto intento vacío o por carencia de protagonismo, Irene cree que ha llegado el momento de llevar a cabo el plan que no querían poner en marcha.

Mientras tanto, en el comedor, Alonso envalentonado por zamparse un moderno sándwich empaquetado realiza un speech fervoroso en virtud del grupo y de la cohesión que más tarde romperá, pero bueno, tiempo al tiempo (nunca mejor dicho). Nunca infravaloremos el poder inspirador de los tentempiés del chino.

Julián acude de nuevo al siglo XIX al auxilio de Amelia y anuncia por sorpresa que se casarán, pero que hay que posponer el compromiso pues marcha a Cuba, decisión con la que Papi Folch no termina de estar de acuerdo. Las sorpresas en la cena no terminan, pues al parecer un editor quiere hacer de Amelia la Julio Verne española. Un atragantamiento y una maniobra Heimlich después, las aguas vuelven a su cauce.

Por otro lado, Director Salvador reclama la presencia de Ernesto y lo llama a una sala luminosa que no habría desentonado en absoluto en un Assasins Creed, y de paso lo convence de acudir a prestar servicio a 1491 en ayuda de la patrulla, que ya se está viendo un poco apuradilla para salvar al Ministerio. Ernesto acepta, pero pide a cambio que nadie vaya a por él pase lo que pase.

Amelia quema su diario por consejo de Julián, mientras que Irene y Ernesto sostienen una charla sobre los miedos de este último, aunque parece convencido. Regresamos al juicio en lo que parece la última ocasión. De nuevo se presenta la Bula papal, pero este Torquemada parece diferente y acepta la religiosa misiva, pese a la resistencia de sus compañeros inquisidores y para asombro de todos los presentes.

Entonces True Torquemada aparece desatado en escena y se enfrenta a su doble. El público se persigna non stop en puro éxtasis religioso. Fake Torquemada, alias Ernesto, cae preso no sin antes guiñar un ojo, pero la misión ha sido un éxito: Levi evita la barbacoa por fin y cruza la puerta para aparecer en el presente, ensimismado ante las novedades impresionantes de este nuestro tiempo, pobre iluso.

Ahora solo falta introducir el hashtag durante el episodio.

 

En ese momento se revela por fin el secreto respecto a la identidad de Ernesto en la que para quién esto escribe es la mejor escena del episodio: Torquemada vs. Torquemada. Al final, resultaba que Ernesto es el padre del General Inquisidor, ni más ni menos. Como para querer volver a esa época con esa criaturita de Dios provocando tanto dolor y barbarie. Ernesto pierde la batalla dialéctica y su vida parece pender de un hilo.

Del hilo se cae precisamente la vida de Abraham Levi, pues está enfermo de gravedad. Director Salvador se cita con Aaron Stein, quién asombrado ve aparecer a Abraham Levi. “Curioso retablo” ergo “curioso retablet” entra en el top de humor tuitero de MdT. El rabino pronuncia en yiddish unos palabros sobre muertos y espíritus que hacen que el abogado, muy supersticioso él, ponga pies en polvorosa con el rabo (y la demanda) entre las piernas.

Hacia el final del episodio se revela que Julián, siguiendo a Amelia sibilino, descubre su secreto. Que la muchacha será muy literata y tal, pero pudiendo investigar en libros y en el presente con su Internet y sus páginas amarillas, ¿para qué volver tanto ante su lapida? Hay un último momento épico, que viene protagonizado por Alonso, y su rescate medievo-biker de Ernesto, ante el asombro del paisano que ve surgir por los caminos de tierra la primera moto de la historia. Desde luego la campiña toledana no volverá a ser lo mismo.

“¡Me encanta el futuro!” grita entusiasmado el Tercio, y lo mismo gritamos nosotros ante lo que nos espera la próxima semana… ¿superará a lo visto en este 1×04? ¿qué piensas tú, culpable?