El Ministerio del Tiempo 1x06

Queridos ministéricos y ministéricas: os debemos una disculpa. Debido a un contratiempo nos fue imposible publicar la review correspondiente al episodio de la semana pasada de nuestra admirada y nunca bien valorada serie el Ministerio del Tiempo. Sí amigos, el espacio y el tiempo a veces colaboran para dificultar la tarea a este vuestro querido redactor. No obstante, ya estamos aquí de nuevo para comentar qué ha deparado el 1×06, “Tiempo de pícaros”. ¿Vamos allá? ¡Dentro análisis!

La escena inicial se abre con dos exploradores en un misterioso lugar subterráneo. Al parecer van a la búsqueda de unas pinturas muy valiosas del siglo XVI, cosa que terminan encontrando. Sin embargo, unos brochazos sobre el polvo revelan otro objeto un tanto menos misterioso: ¡un Smartphone! ¿Ya existían los móviles en el año 1500? (eso explicaría por qué siguen aplicando la misma estrategia una y otra vez cuando intentas darte de baja en ciertas operadoras) ¡es hora de llamar a nuestro querido Ministerio!

“¡Dios mío!…¿se podrá jugar a la serpiente?”

En el departamento del Director Salvador se cuece el tan familiar briefing que tanto nos gusta. Resulta que el móvil pertenece a un tal Alberto Díaz Bueno, una suerte de Bárcenas fusionado con Díaz Ferrán ficticio que se fugó de prisión (al auténtico no le hizo falta) durante un permiso y que se encontraba hasta el momento en paradero desconocido. Se trata de un conocido empresario que embaucó a una serie de personas a través de su agencia de viajes (cómo nos gusta caer una y otra vez en la misma piedra), y que vete tú a saber por qué, se encontraba vivito y coleando en el siglo XVI. En la agenda de contactos del interfecto hay un número desconocido que aparece en repetidas ocasiones. Una breve escena nos muestra que la dueña de ese número oculto no es otra que nuestra Carmen Sandiego atemporal, Lola Mendieta. Volveremos a ella más tarde, pues hay que ponerse en marcha: es hora de viajar en el tiempo. Próximo destino: Salamanca 1520, poco antes de la revolución de los comuneros.

Mientras la Patrulla compuesta por Julián, Amelia y Alonso se dirige a maquillaje y vestuario para adecentarse apropiadamente, Irene reclama protagonismo: Director Salvador le encarga la misión de interrogar a Walcott, el prisionero estadounidense que intento liarla parda en el anterior episodio, y que se encuentra disfrutando del saludable confort que proporcionan las celdas del siglo XI en Huesca. Allí se encamina Irene, que le ofrece a un hambriento Walcott lo mejor de lo mejor de la comida del siglo XXI americana casera (es decir, Burger King y Coca-cola) para que ello le ayude a soltar la lengua. Lo amenaza informándole de que ha envenenado la hamburguesa y que el antídoto le será entregado una vez cante (como si las grasas saturadas de la Burger no fueran ya suficientes). Sin embargo, otro propósito guía los pasos de la srta. Larra… ¿cuál será?

Nuestros tres héroes tienen su particular charla previa a atravesar la puerta. Julián se queja, incómodo con su atuendo de tuno, si bien parece cada vez más juguetón en su álter ego romántico, pues no deja de flirtear con Amelia. Será cosa del traje, que viene dando poderes a su portador desde tiempos inmemoriales. Una vez atraviesan el portal, aparecen en un confesionario de un templo abandonado, lo que me provocó involuntariamente la siguiente reflexión: ¿es que acaso el silencio con el que obsequian los confesores a los fieles es fruto de su ausencia debido a que se dedican estos a viajar por el tiempo? Prometo mirar dentro la próxima vez que vaya a una iglesia. En fin, vamos a lo que vamos.

La clásica caminata de la Patrulla por la campiña nacional desemboca en un encontronazo: dos malhechores están cercando a un muchacho. Es el momento de lucimiento de Alonso que echa a correr como un poseso por Santiago y por España haciendo huir a los “ganapanes” de turno. La identidad del muchacho amenazado es fundamental para el devenir de la trama, como habrán adivinado los más avispados.

Julián en pleno cruce de miradas con su nuevo competidor.

Volvemos con Irene, que está aprovechando su visita a Huesca y no precisamente para esquiar en Candanchú, pues se encuentra en los calabozos visitando a otro preso de su interés: Leiva, quién fuera su maestro particular en esto de las misiones temporales y que se encuentra ahí el hombre desde hace 8 años languideciendo, aquejado de una tos ciertamente preocupante que ya la quisiera para sí el cómico Eugenio. El bueno de Leiva ansía venganza, quiere saber quién le traicionó para haber acabado en tamaño agujero (tranquilos todos, Booking se dedica profesionalmente a eso en el siglo XXI). Toca flashback, y así es como se nos introduce en 1962, el primer día de una recién reclutada Irene. Esta trama mentor-aprendiz a lo Homeland ya me ha vuelto a enganchar, maldita sea.

Paralelamente, la Patrulla ha llegado a su destino y contempla un río a los pies de una ciudad ensombrecida por la luz del crepúsculo. Dicen que es Salamanca a orillas del río Tormes, aunque podría ser Nueva York bañada por el Hudson (ay…esas localizaciones…). El muchacho a quién salvaron, fuera por bucolismo ante tan digno atardecer o por voluntad dramática del guionista, revela su identidad al fin, y resulta que viene a ser un poco el Jordi Évole del siglo XVI. Artista escénico, agitador de conciencias y polemista nato, modelo del carácter ibérico por excelencia y protagonista de una de las obras cumbre de la literatura nacional: es…¡Lázaro de Tormes himself!

Julián y Amelia quedan atónitos, no así Alonso, cuya única afición por la lengua conocida es la de pasearla indiscriminadamente por las damas en las tabernas. Hay que ponerse en marcha. Llegados a Salamanca, el trío calavera muestran muy “disimuladamente” un retrato dibujado por Velázquez del tal Alberto, pero todos los ciudadanos tuercen el rostro. La Patrulla termina haciendo sospechar a un chivato, que corre a poner en sobreaviso al susodicho (¿no podrían aprender mejores tácticas de investigación para la próxima vez?). Sin embargo hay quién si lo reconoce: Fray Juan, interpretado por un muy creíble Alberto Amarilla (maravillosa dirección de casting la que posee esta serie). Resulta que el personaje a quién están buscando es el corregidor real, que responde al nombre de Don Alfonso de Bueno. ¿Imagináis que sería capaz de hacer Bárcenas de encontrar las puertas del Ministerio? Rajoy probablemente no. Seguimos.

“Te echo de menos, Francis Lorenzo”

El grupo debate acerca de sus posibilidades en un tugurio salmantino, mientras disfrutan del espectáculo que está brindando Lázaro, precursor sin saberlo de José Luis Moreno. Aparecen los secuaces de Don Alfonso en el bar pidiendo explicaciones. Lázaro se interpone impidiendo que Alonso saque la espada a relucir, y es apresado. Pintan bastos para el joven cómico.

Mientras tanto, en el Ministerio, Irene coqueta se ha convertido en Irene enfurecida y anda echando pestes en la cafetería con Angustias sobre lo sucedido con su mentor. Necesita respuestas aunque a cambio, ha obtenido una: ya sabe cómo viaja Walcott. Los americanos, muy aficionados en esto de la energía nuclear, han generado un túnel por el tiempo, y pretenden utilizarlo para poderlo explotar económicamente. El sector privado acecha al público, ¿dónde está Varoufakis cuando lo necesitas?

De vuelta al siglo XVI vemos como Alonso discute con Julián acerca de la conveniencia o no de llevar a cabo una misión para rescatar a Lázaro. El argumento del Tercio es sencillo, pero no está exento de cierta lógica: ¿es la picardía un buen ejemplo para la sociedad? Su propuesta de dejarle palmar es igualmente rechazada, porque Amelia es la jefa y decide que hay que salvaguardar el patrimonio nacional pase lo que pase. Eso eso, que las tapitas y el cachondeo no nos lo quite nadie, no vaya a ser.

Al mismo tiempo, Lola aparece en las estancias del corregidor pidiendo explicaciones, pues lo creía muerto. De esta manera asistimos al pícaro ardid elaborado por Don Alfonso, que fingió ser asesinado a manos de sus secuaces. Su móvil se cayó (y no se rompió, qué cosas) y de ahí que terminara siendo encontrado 500 años más tarde sin mácula. El fugado y la funcionaria renegada tenían un pacto: ella lo dejaba enriquecerse a costa de los ciudadanos del siglo XVI y le proporcionaba un lugar dónde refugiarse, mientras que él, la permitía sustraer grandes obras artísticas de la época para su lucro personal. No obstante, el panorama ha cambiado, y Lola, harta de que la tomen el pelo, ha decidido entregarlo a la Patrulla. El corregidor tiene otros planes, que pasan por arrearle un librazo a su anterior cómplice y dejarla sin sentido. No se conocía el mismo impacto literario desde El Código Da Vinci de Dan Brown. La pobre Lola va a parar a la misma celda que Lázaro.

Don Alfonso de Bueno, un ciudadano ejemplar.

Julián, Amelia y Alonso reciben información de Fray Juan: los prisioneros serán deportados a las Indias o ejecutados en un carromato que saldrá camino a Sevilla. El vehículo, cuyas comodidades no parecen haber cambiado demasiado a las vistas hoy día en algunas de las empresas de autobuses de larga distancia españolas, es abordado por la Patrulla. Se avecina una refriega con los conductores del bólido, pero el Tercio la zanja por lo sano con un disparo de pistola que los expertos olímpicos habrían recompensado por lo menos con un oro y un diploma a la puntería. Al abrir las celdas, se descubre que Lázaro no iba en el transporte, pero sí Lola Mendieta. El trío se comunica con Director Salvador, quién da orden expresa a Ernesto de partir para apresarla. Durante el interludio, Lola afirma conocer cosas sobre el futuro de Alonso y Amelia, así como puertas no oficiales para viajar por el tiempo. Algo que pasa inadvertido para la Administración, pensaréis algunos. La contabilidad b de las puertas, pensaréis otros. El componente de ciencia ficción de viajar por el tiempo pierde algo de fuerza, coincidirá la mayoría. Todos tenéis algo de razón, probablemente. En cualquier caso, la acción continúa.

Vemos como un par de tunos sufren la novatada de turno por parte de los veteranos. Les toca sustraer el confesionario del viejo templo y llevarlo junto a los demás. Con lo que no contaban sin embargo es que de allí saliera Ernesto Torquemada dispuesto a ayudar a nuestros héroes. Confundidos ante tamaña aparición, le dan un golpetazo, y prueban a entrar por el mismo sitio que ha aparecido el diablo. Convencidos de que se encuentran ante un embrujo obra de Satanás, se disponen a quemar la puerta. Que den gracias de no haber aparecido en el baño de Carmen de Mairena.

Aunque para aparición, la que realiza en el despacho de Director Salvador Mar Saura encarnando al enlace entre Gobierno y Ministerio, quién no parece suscitar mucha simpatía en nuestro querido funcionario. Se exige la inmediata devolución de Walcott al gobierno norteamericano. ¿Cómo se enteraron? Pues gracias a la IP. Moraleja: por mucho que borres el historial, culpable, ello solo te salvará de la inspección de tu madre, pero no de la del tío Sam.

El humo delator de la hoguera tunante revela a los protagonistas la ubicación de la puerta temporal, ya en cenizas, y de Ernesto, que se encuentra maniatado a un árbol. Los tunos huyen a toda prisa, quién sabe si fundando la ancestral tradición de contar anécdotas surrealistas en tan histórico gremio. Lola propone un pacto a los representantes ministeriales: su libertad a cambio de que ellos puedan volver al presente.

Hay que darse prisa, Lázaro está a punto de ser ajusticiado por el corregidor. Julián tiene una idea (una revelación, más bien): cuando todo lo demás falla, tira de religión. Alonso hará de mano salvadora apostado como sniper, disparando unos dardos anestésicos al corregidor y sus compinches. El pueblo termina creyendo que es obra de Dios, incluido Fray Juan, y quizá proporcionando el aliento necesario a los comuneros para llevar a cabo su revuelta, pero bueno, hay que mantener la cohesión temporal, ¿verdad?

Llega el turno de las despedidas. Lola Mendieta es liberada, y Lázaro también.

De vuelta al Ministerio, Director Salvador e Irene contemplan como Walcott sale del pasado para ser devuelto a los Estados Unidos. El viejo funcionario promete a Irene un lugar más seguro para su mentor, aunque una escena más tarde, este parece ser encontrado muerto por el carcelero cuando está haciendo su ronda… ¿tal vez por un mordisco inoportuno a los restos de la hamburguesa de Walcott? Esto solo lo aclarará el forense.

Director Salvador revela que en el Lazarillo de Tormes llegó a escribir un pasaje en el que aparecía el trío ministérico, si bien ha tenido que ser censurado por el bien de la cohesión cronológica. Sin embargo, Director Salvador se lo entrega a Julián, Alfonso y Amelia confiando en que no lo divulgarán por ahí.

El episodio termina con el fraile y Lázaro paseando por la campiña salmantina de camino a Toledo. Se revela que será el propio fraile el escriba anónimo que relatará las aventuras del más ilustre pícaro español que se conoce hasta la irrupción de Paquirrín, y la necesidad de publicar las mismas va más allá de reflejar el carácter del pueblo pues todos deberían conocer “el retrato de esa España de miseria, que necesita cambiar cuanto antes…”, un mensaje que no esconde cierto paralelismo con la actualidad.

En la imagen, Fray Juan en éxtasis tras haber adquirido los derechos de autor de tan emblemática obra.

¡Y esto es todo! “Tiempo de pícaros” se ha erigido tranquilamente en el mejor episodio que llevamos de temporada para quién esto escribe. Hay motivos para creer que la serie cada vez irá a más, sobre todo ahora que sabemos que se ha aprobado una segunda temporada de nuestra querida MdT. ¡Viva!

¡Hasta la semana que viene, culpables!