Interestellar - Crítica

Christopher Nolan lo ha vuelto a hacer. Con Interstellar ha elevado un nuevo monumento al hype más insustancial y nos proporciona una entrega aún más densa, sobria y épica dentro de su ya de por sí densa, sobria y épica filmografía. Mucho se ha hablado de la película, del futuro cinematográfico que anticipa, del pasado del que es inevitablemente deudora. De la incomprensión que genera su argumento, de las maravillas visuales que en ella se manifiestan. Sin embargo, y aún a riesgo de equivocarme, voy a intentar responder a la que para mí es la pregunta clave ¿merece el film tanta lisonja? Ya os adelanto que en mi humilde opinión, rotundamente no. [Aviso para navegantes espaciales y terráqueos, spoilers de aquí en adelante].

Vamos primero con el argumento. Interstellar nos traslada a un futuro ficticio en el que la humanidad está en peligro de extinción. Hay tormentas de polvo desoladoras, plagas que devoran cosechas. Los gobiernos han decidido abogar por el cultivo para garantizar la supervivencia del ser humano. Uno de estos granjeros que lucha por salir adelante es Cooper (Matthew McCounaughey) que además tiene una familia de la que cuidar. Están su suegro (John Lithgow), su hija (Jessica Chastain en versión adulta) y su hijo (Casey Affleck en versión adulta). Cooper es viudo.

La primera escena es ya bastante informativa respecto a lo que está por suceder: Nolan se auto homenajea sin pudor mostrando un sueño de Cooper como elemento narrativo introductorio. El director no vacila lo más mínimo y hace lo que sólo está permitido a los más grandes del Olimpo hollywoodiense: juegos metacinematográficos con referencias a uno mismo. Tal es la seguridad de Nolan en su propia grandeza. Su anterior película, Origen, planea continuamente por Interstellar, ¿te has dado cuenta, verdad? Pero no adelantemos acontecimientos.

“Usted perdone, he debido equivocarme de agujero negro”

La presentación de este mundo no-tan-lejano ocupa una hora más o menos (lo que llamaríamos el primer bloque), hora durante la cual hay cabida para el drama familiar, incluso social (hay soterrado un conflicto gobierno vs. ciudadanos por el régimen de ordenación del trabajo que obliga todos los individuos a trabajar de granjeros, sea cuál sea su talento) y ya comienzan a asomar los primeros tintes de ciencia-ficción (la introducción del “fantasma”).

Se ha hablado mucho de Encuentros en la Tercera Fase y del espíritu Spielberg. Pero no nos confundamos: aventura hay más bien poca, melodrama enfatizado hasta el agotamiento más bien demasiado (¿pudo ser éste el motivo por el que Steven rechazara en primera instancia dirigir Interstellar?).

Y es que aunque formalmente no parece haber inconveniente, sí que lo hay. Al final a Nolan se le ha visto el mecanismo tras el fuselaje. Que su diagrama para suscitar emoción se repita una y otra vez en cada película es lo de menos, pues puede considerarse como marca de la casa. Pero cuando esto parece no preocuparle lo más mínimo y deriva tanto hacia el sentimentalismo facturado al vacío, sí que merece más reflexión para quién esto escribe, sobre todo cuándo dicho diagrama ofrece evidentes síntomas de aburrimiento y cansancio. Aunque sorprendentemente medio mundo continúe hipnotizado y siga pidiendo más dosis de melodrama enlatado.

He aquí donde más se resiente la película en mi opinión: Nolan está obsesionado con la ruptura de la linealidad temporal y en su nombre, desequilibra totalmente el prólogo que da pie a sus juegos narrativos. Además los personajes son una suma de clichés: resulta que Cooper es un piloto frustrado, es un padre de familia frustrado, un marido frustrado: un personaje estereotipado en sí mismo. Resulta que la hija es listísima pero inadaptada. Resulta que el suegro, por peinar canas y no tener más misión que envejecer, aporta valiosos consejos sobre la vida. Resulta que el hijo es el hijo. Resulta que Michael Caine hace siempre de Michael Caine. Resulta que Anne Hathaway es una científica experta, pero insegura y enamoradiza.

Pero con los acordes adecuados de Zimmer, hasta las frases más propias de los anuncios de colonias parecen revestidas de cierta épica y pueden intentar arañar algo de emoción. Y no Christopher, esta fórmula ya está agotada.

Pero el despropósito no termina aquí. Cuando ya los primeros bostezos comenzaban a hacer acto de presencia en la sala, Cooper se dirige con su hija a una base ultrasecreta guiado por las coordenadas que le ha facilitado previamente “el fantasma”. Allí se tropieza no sólo con una comunidad de científicos cavilantes e ilustrados (uno de ellos es el personaje interpretado por la mencionada Anne Hathaway y otro por Michael Caine), sino que además estos magos de la ciencia (y del camuflaje, pues han pasado inadvertidos para el resto de la sociedad) han tenido tiempo de desarrollar un proyecto secreto que busca encontrar vida en una galaxia desconocida.

Un proyecto que aguardaba la aparición mesiánica de Cooper, por supuesto, avezado piloto en crisis existencial que se embarca en una misión interestelar sin entrenamiento alguno y únicamente guiado por la fuerza inexorable del destino y la voluntad de un fantasma. Y por Michael Caine, claro.

“¿Si, amo Nolan?”

En ese momento Cooper tiene tiempo de ir a despedirse de su hija la lista, porque su hijo el tonto sólo quiere la camioneta de su padre para fardar ante las chatis de ese mundo decadente y polvoriento. Típicamente americano. Justo en ese momento y en un nuevo alarde de técnica Nolan, una elipsis narrativa da el salto al segundo gran bloque: la exploración del espacio interestelar.

Aquí ya la cosa se empieza a poner un poco loca: se habla abiertamente de agujeros de gusano, viajes en el tiempo, la teoría de la relatividad, y agujeros negros. Yo que como espectador de cine tiendo a la impaciencia y que como estudiante de física era más bien discreto, estos temas me la traen bastante al pairo. Sobre la verosimilitud o no de las verdades científicas en el ámbito cinematográfico tan sólo diré que soy defensor de que el género de ciencia ficción pueda tomarse sus licencias siempre y cuando ello no signifique pérdida de coherencia en el guión.

Así, pronto surgieron las comparaciones con 2001: Odisea en el espacio, cosa que no es de extrañar dados los continuos homenajes que hay en la película de Nolan. A los desenfrenos ideados por Clarke y Kubrick hubo también sus objeciones, que sin embargo han terminado perdiendo validez con el paso del tiempo. ¿Sabéis por qué? Porque es una película tan perfectamente rodada, con unos personajes tan bien desarrollados y con un guión tan enfermizamente elaborado, que lo demás no importa. Porque sólo HAL tiene más carisma y profundidad que todo el reparto de Interstellar. Porque no hay deux ex machina que aparezcan una y otra vez para salvaguardar el progreso de la historia. Y eso ayuda mucho (aunque ser valorada por la comunidad científica como la película de ciencia ficción más respetuosa con las leyes de la física también debe contar algo, pero esa es otra historia) a 2001 y muy poco a Interstellar.

Todo esto al bueno de Nolan le da bastante igual, porque ya la trama le pilla en el espacio y ha comenzado el festival de sinsentidos en toda regla. Llegados al último acto en el teseracto (¿no era este un objeto de los Vengadores?), no es que haya pérdida de coherencia en el guión, el guión es total y absolutamente incoherente, y la película flota en una deriva continua entre la indiferencia y el aburrimiento. Se busca una síntesis de urgencia: “el amor es la fuerza más poderosa del universo” y santas pascuas.

Interstellar

 

A estas alturas uno ya no sabe si reír o llorar ante lo que está viendo. Desconcierto que se ve reflejado en los propios personajes cuando se comportan como robots, (la relación entre Anne Hathaway y Cooper, ¿alguien se la cree de verdad?, ¿en qué momento empatizamos verdaderamente con ellos?) y cuando los robots se comportan como seres humanos (que las reacciones más emotivas las protagonice un ser geométrico inanimado es cuanto menos, interesante).

Queda poco más que decir: cuando crees que ha terminado la película honradamente, te das cuenta de que el final es solamente una pirueta marca de la casa y de que el martirio aún continúa un poco más, para culminar en un cierre ñoño y totalmente fuera de lugar.

Cuando la pantalla se fundió a negro escuché algunos aplausos, aunque probablemente sólo eran imaginaciones de mi yo del pasado creyendo que tantos comentarios positivos tenían razón de ser. Lástima que la mecánica cuántica no llegara a tiempo para salvarme de mi propio error garrafal.

Lo siento Nolan, otra vez será.