La leyenda de Tarzán – Crítica

Tarzán es uno de esos clásicos de la literatura que se sumerge en la gran pantalla con cierta regularidad aunque hayan pasado años desde que no tenemos al rey de la jungla en los cines.

Clásicas son aquellas aventuras protagonizadas por el genial Johnny Weissmuller, campeón de natación, cuya carrera interpretativa se dio casi al completo entre lianas y selvas, aunque no siempre poniendo rostro al personaje creado por Edgar Rice Burroughs.

Sin embargo, de aquellas inolvidables cintas no existe ni un pequeño atisbo en la dirigida por David Yates, responsable de varias de las películas de Harry Potter. En el inicio de ‘La leyenda de Tarzán‘ encontramos al rey de la jungla instalado en una mansión londinense viviendo cómodamente junto a su amada Jane en una premisa que a priori resulta atractiva para el espectador: Tarzán es un personaje bien conocido que apenas necesita presentación y contar una nueva aventura, obviando recontar lo sabido, habría sido más que correcto.Samuel L. Jackson junto a TarzánLamentablemente, después de un inicio ilusionante, la película vuelve para atrás en ciertos momentos utilizando la manida fórmula de los flashbacks a la hora de relatar de nuevo el origen del rey de la jungla. Es aquí cuando el largometraje coquetea peligrosamente con el aburrimiento y el tedio. Decae por completo el interés del espectador en conocer lo que se intenta contar en el resto del filme, cuando se podía haber dado por supuesto el nacimiento del protagonista.

En gran parte la culpa de la apatía de la historia llega en el momento que Alexander Skarsgård se quita por primera vez la camiseta. Devuelto por exigencias del guion a la jungla junto a Jane (algo lógico por otra parte), el sueco comienza a oler a quemado como Tarzán, asemejándose más al Thor de Marvel, que su padre, el del actor, tan bien conoce. De forma coherente y obvia, el martillo brilla por su ausencia, pero el tratamiento dado al personaje central es ridículo y se aleja del paradigma que uno pueda tener en la mente de otras ocasiones. No hay que restar mérito al esfuerzo de Skarsgård, que luce un espectacular físico tras varios meses de entrenamiento, pero al final no logra transmitir veracidad en su actuación y se limita a una mirada tierna que contrasta con sus imponentes músculos.

El resto del reparto no logra tampoco estar a la altura de las circunstancias. Margot Robbie continúa empeñada en demostrar que lo de ‘El lobo de Wall Street’ fue la suerte del principiante (muy pronto la veremos de Harley Quinn en ‘Escuadrón Suicida’ y no dejo de temblar ante ello). Su Jane en ‘La leyenda de Tarzán’ no convence, ni como burguesa ni mucho menos como valiente superviviente de la jungla. Mientras, Samuel L. Jackson realiza un papel en el que se encuentra cómodo pero que tantas veces se ha visto en los blockbusters veraniegos. Su rol se limita al de (innecesario) alivio cómico de la función con cierta ideología. Aquí de nuevo aparecen las similitudes con el universo Marvel: el intento de hacer gracia sin tenerla. ¿Es necesario meter humor o es más importante divertir? Parece lo mismo, pero la diferencia es grande.

Mención especial, y bastante triste por otro lado, merece el personaje interpretado por el cada vez menos carismático Christoph Waltz. El actor está empeñado en repetir una y otra vez la misma interpretación de villano interesante cuya importancia decae según avanza el metraje. Suya es la mejor escena de ‘La leyenda de Tarzán’, en los primeros minutos, al igual que es propietario de despertar nulo interés en el devenir de su historia en la película y de dibujar un previsible desenlace para su final. Cada vez que Waltz se aleja de Tarantino su estrella se pierde en el firmamento.

‘La leyenda de Tarzán’ termina por ser un típico entretenimiento estival alejado por mucho de ser un digno espectáculo. Estoy seguro que a muchos les bastará con eso, pero un mito como Tarzán pedía a gritos un mayor bagaje en su reaparición en la gran pantalla. La cinta carece de alma y su último acto termina echando por tierra lo poco que había conseguido en su presentación. Los animales recreados digitalmente dan el pego en las distancias cortas, pero cuando pasan a la acción se notan demasiado las débiles costuras que sostienen su representación y la artificialidad canta demasiado, sobre todo en la escena ‘sanferminesca’ de los últimos minutos. Uno podría ser menos riguroso, pero después de presenciar el grandioso espectáculo ofrecido por Disney en ‘El libro de la selva’, cinta de corte similar a la que nos ocupa, se hace más exigente.

Fallo de Rácord