No Man’s Sky - Análisis Playstation 4

No Man’s Sky – Análisis Playstation 4

En dónde me he metido. Estoy en tierra hostil y todo me está mirando, al acecho, silenciosamente. Eso es lo que pienso mientras escribo estas líneas, y eso es lo que pensaba cuando pisaba mi primer planeta en No Man’s Sky, buscando un refugio donde guarecerme de la lluvia tóxica, de las bestias y de los Centinelas en mi búsqueda.

Mis aventuras espaciales

Encuentro una cueva ligeramente iluminada por diversos colores de plantas y minerales y mientras espero a que la tormenta amaine, a que los enemigos dejen de buscarme, decido aventurarme un poco dentro de esta cueva para encontrar lo que he venido buscando: algo de Plutonio con lo que poder salir de aquí y dejar este planeta infame atrás, donde las islas flotan, las plantas no hacen sino sumar otro peligro a la lista, y apenas hay recursos que merezcan la pena seguir malgastando tiempo.

A medida que bajo, veo diversas composiciones rocosas entre las que, para mi sorpresa, se encuentra un buen montón de Oro. Fuera, la tormenta sigue azotando a todo ser vivo que espera por su presa: un viajero que se pregunta qué narices hace pisando esta tierra.

Es en ese momento cuando capto lo que Hello Games quiere decirme: descubrimiento. Como si se tratara de Miyamoto cuando ideó en su mente de niño una aventura que después sería The Legend of Zelda, soy capaz de sentir una sensación que me dice “caray, esto no me lo esperaba”. Entonces la tormenta para. Recojo todo el Oro que soy capaz de transportar y, como buenamente puedo, llego a mi nave preguntándome para qué habré pasado 25 minutos dándole a un botón para ver cómo recojo más y más Oro. A la vez, a mi “yo” de fuera de la pantalla le asalta el recuerdo de la tesis de una conferencia que, en los recovecos de la cueva, le habría servido de mucha ayuda: “mucha gente teme perder la vida, pero muy poca gente teme perder el tiempo”. Pero la sensación de descubrimiento no me la iba a quitar nadie.

Esa fue la primera vez que me ocurrió. Y no sería la última.

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En otra de mis aventuras, un destino aciago me llevó a recorrer un planeta desértico. Sin nada más que rocas, y extensas llanuras sin un solo sonido bañadas por un amargo tono ocre, y en medio de este fúnebre paisaje me encontraba yo. Metros por encima de mí y sin nada más a mi alrededor estaba mi nave, posada alegremente sobre las rocas de una dichosa isla flotante que sabe dios cómo ha llegado ahí.

Mi jetpack no es capaz de acercarme a ella ni hay una sola montaña que se acerque a rascar la superficie de la isla. Comienzo mi camino para buscar un refugio donde protegerme del abrasador clima que a buen seguro quemarán los pulmones de mi avatar en el momento en el que amanezca y, con suerte, una terminal para poder teletransportar mi, por ese momento, inalcanzable nave. Las horas pasan rápido y mire donde mire no veo más que rocas, minerales sin ningún valor para mí: los tiempos han cambiado, pues antes habría ido de cabeza a descubrir. Pero ya no. Triste, levanto la mirada en busca de cualquier otro planeta o Luna que me haga quitarme esa sensación que, de nuevo, Hello Games ha conseguido transmitir: la soledad.

Llevo ya dos días vagando por este yermo estéril, y mis suministros energéticos están en las últimas, hasta el punto en el que, si vuelvo a ver amanecer, no sé si podré contarlo. Me queda una montaña por cruzar, que quizá sea la última que cruce.

A medida que corro por ella me hago a la idea de que veré la pantalla del Game Over. Cuál es mi sorpresa al ver que el signo de interrogación que marcaba mi escáner era ni más ni menos que lo que había buscado sin resultado alguno por dos días: un refugio. Empiezo a correr como un loco hacia él, de tal manera que pierdo la compostura al usar el jetpack y me doy un buen golpe al tocar las faldas de la montaña, pero da igual. Alterno el R3 y la X, el correr y el jetpack para llegar lo antes posible a esa caja metálica que puede darme la llave para salir de esta angosta tierra que no tendría que haber pisado y que, por culpa de una caída inocente desde una isla donde había dejado mi nave, me he visto obligado a recorrer.

Estoy a 10 segundos de llegar, veo cómo se abre la puerta mientras la barra de vida da sus últimos coletazos. En esos inmortales e infinitos 3 segundos en los que la puerta se abre del todo, tengo el valor de echar la vista atrás: veo las noches que he superado en esta tierra, veo como la soledad del infinito espacio no me ha derrotado, y veo en este refugio un nuevo descubrimiento que valida mis pensamientos. Me giro al ver la puerta abierta, es la señal de que todo lo que he pasado en este planeta puede tocar a su fin y por fin la soledad de vagar por una tierra inmensa se verá recompensada con una breve compañía. Al poner un solo pie en la sala me llevo una sorpresa.

La partida ha crasheado. Ya no estoy en un planeta desértico, luchando contra los problemas y la soledad, estoy con una Playstation 4 echando humo y mirando una pantalla anonadado y estupefacto. La apago, y me prometo que hasta que no saquen la nueva actualización no volveré a tocar el juego por mi propio bien.

Ciclo

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Una cargante y profunda lección en cada conversación

He tenido suerte, porque al día siguiente me salta el feliz aviso de que esta actualización está disponible. Pongo el juego, concediéndole una nueva oportunidad. Otra nueva oportunidad. La siguiente oportunidad. Quizá la última oportunidad tras pasar horas y horas completando un ciclo: buscando recursos para conseguir dinero, para poder comprar una mejor nave, para poder llevar más recursos que me permitan tener un mejor equipamiento para conseguir recursos más deprisa.

Todo mientras veo la pedante pantalla de carga inicial, que te arroja al infinito espacio donde veo millones y millones y millones de puntos de colores por los que no pasaré nunca.

Todo mientras la charla de aquel buen hombre me retumba en la cabeza: “miedo a perder el tiempo”.

Todo mientras los mensajes que me intenta mandar sutilmente Sean Murray se alojan en mi cabeza ante esta imagen: “el mundo es un lugar infinito, estarás solo, pero el sentimiento de descubrimiento es lo que te hará continuar.”

Apago a mi Pepito Grillo particular y recuerdo que tengo que sentarme en unos días a dedicarle unas líneas a este juego. Finaliza la pantalla de carga y al hacerlo estoy de nuevo en la nave, en aquel yermo estéril, en aquella isla flotante que sabe dios cómo ha llegado ahí. Muchas son las horas de viaje que me esperan. Muchos son los recursos que me quedan por coger, muchas las muertes que me quedan por vivir, y muchas estaciones del Atlas que me quedan por recorrer antes de llegar al tan ansiado final: el centro.

Una vez. Y otra vez. Y otra vez. Un planeta idílico, lleno de fauna, flora y vida que no me azota, y lleno de recursos para recoger y consumar el ciclo capitalista y consumista al que este juego me somete. Otra vez, un planeta helado donde conseguir los recursos para hacer más rápido mi tarea: conseguir recursos para llegar al centro. Otra vez, una Luna con monolitos que me desvelarán cultura de las 3 razas del juego. Otra vez, un planeta lleno de mar donde muero en un triste combate…

Todo gira sobre lo mismo: ir a un planeta, conseguir lo que te interese, volver a retomar tu viaje. Una y otra vez. Y otra vez. Y otra vez. En ocasiones doy con una estación del Atlas decorativa para el juego y necesaria para el viaje. Se limita a contarme lo que ya he vivido vulnerando el primer principio de la narrativa.

Vivo a través de un botón de un mando un descafeinado (y que roza lo ridículo) combate contra un robot hecho de Titanio que me cruza la mirada con un tono azulado para acabar disparándome láseres de un color rojo. Muero, otra vez. La pantalla torna a un color negro y una cita de un pensador aparece en la pantalla. ¿Su objetivo? Recordarte que No Man’s Sky es una obra profunda, donde cada acto conlleva su esfuerzo y lleva a una lección. Donde estás solo, y donde el afán por conocer y descubrir es tu aliado. ¿Qué consigue? Repetir la misma sensación que las estaciones del Atlas: repetir lo que ya sé, perderse en lo que ofrece de una mejor forma y siendo tremenda e innecesariamente obtuso y pedante.

Quizá ahí está el mayor fallo de No Man’s Sky. Quizá eso fue lo que me enseñó la cueva decorada por los más bellos colores de minerales y plantas. Quizá eso me enseñó el planeta que irradiaba tanta soledad como peligro. Quizá eso me enseñó la charla del buen hombre: “no hay que tener miedo a perder la vida, hay que tener miedo a perder el tiempo”. Y No Man’s Sky ha perdido su vida y mi tiempo.

Llego, tras desoladores viajes que ya apenas llegan a importarme pues esa sensación inmensa de descubrimiento se perdió tras las más de 40 veces que he cambiado de Sistema, a ver el centro. ¿Y qué me encuentro? De nuevo el ciclo. Otra vez, como al ver la pantalla de carga inicial, me sorprende un mar de colores y puntos que nunca llegaré a tocar, mientras me planteo si todo lo que he hecho ha servido para algo. Los materiales que conseguí para cambiar por dinero para después tener una mejor nave y equipamiento para conseguir más dinero y llegar aquí más rápido. Todo para volver de nuevo al inicio del juego. No Man’s Sky se ha esforzado en que no pierda el tiempo, pues es el tiempo con lo que juega No Man’s Sky. Pero no sé si lo ha conseguido.

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Conclusiones

Veo en cada punto que sé que nunca pisaré una idea que brilla por sí sola: una estrella. Veo en los espacios oscuros un universo infinito, que denota unos mensajes verdaderos y profundos como son el afán por descubrir y la inmensa soledad en la exploración. Pero en mi pantalla veo un nuevo planeta más, en otra galaxia, para que lo explore y descubra. Y en mi mente veo cómo el Atlas intenta ser profundo y obtuso metiendo la pata. Veo como el ciclo vuelve de nuevo esperando que le dé algo que él no me dará: tiempo. Veo como todas las ideas brillantes se apagan por una ejecución nefasta: repetición sin sentido hasta el extremo, un universo entero con poco material al que jugar, unas ganas de exploración inmensas para solo 3 razas de alienígenas adornadas con historias más pedantes que el propio Atlas, unas mecánicas tediosas y repetitivas además de simples que hacen lo imposible porque lo deje y algunos problemas técnicos.

Pero también recuerdo la cueva de colores. También recuerdo el refugio. También recuerdo mirar hacia arriba y ver otro planeta esperándome, ansioso por contarme algo. Finalmente no lo hizo, pero la intención nunca dejó de estar ahí. No Man’s Sky puede que tenga un cuerpo muerto, pero nadie negará que tiene alma.

No Man’s Sky es un ciclo en sí mismo. Es repetitivo hasta decir basta y mediocre en lo jugable hasta decir se acabó. Pero todo el material y las ideas están ahí: dependen de la suerte. Depende de la suerte si encuentras el mejor o el peor planeta, si estas aventuras y sentimientos los vivirás tú. Y, como todo lo que depende de la suerte, es injusto. Injusto por desigual y no saber aprovechar sus fuertes y perderse en sus debilidades. A mí me ha emocionado y por momentos me ha calado hondo, pero sus fallos evidentes y sus grandes ideas muy mal ejecutadas están ahí. No Man’s Sky es pura suerte y puro ciclo: puede ser el mejor juego de la historia… o puede ser en lo que más miedo te dé perder el tiempo.


He jugado para hacer el análisis con la versión 1.07 disponible para Playstation 4. Si en el futuro saliese una nueva actualización que añada el contenido necesario y corrija fallos, retomaría el análisis…. aunque la mala historia y lo mal que está contada no se la quita nadie.

No Man’s Sky - Análisis Playstation 4
PUNTOS CLAVEExploración y supervivencia espacial en un mundo infinitoHistoria que se transmite muy bien... pero se cuenta de forma horribleIdeas de jugabilidad excelentes, pero muy mal llevadas a caboEl mejor y el peor juego, depende de tu suerte
ALTERNATIVAS¿Mundo infinito, con posibilidades y procedural? Minecraft¿Aventura espacial? Saga Mass Effect¿Ciencia ficción? Blade Runner y la obra de Isaac Asimov
6Las más grandes ideas... triste ejecución
Gráficos7.5
Sonido8
Historia4.5
Jugabilidad3.5
Diversión7
Puntuación de los lectores 8 Votos
4.8