Opinión - Las cosas por su nombre

Siempre he sido una persona a la que le gusta llamar a las cosas por su nombre. Las ambigüedades, las medias tintas y las “sutilezas” lingüísticas no van conmigo. Lo que es blanco, es blanco y lo negro, negro. Por eso me revientan considerablemente muchos de los conceptos que últimamente se están poniendo tan de moda entre la gran mayoría de la prensa especializada (incluyéndonos también a nosotros mismos, que también hay que hacer autocrítica).

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Nos encontramos ante la dictadura del eufemismo y de lo “políticamente correcto”. Es como si hubiera un manual de estilo secreto ideado por los servicios de marketing y relaciones públicas de las grandes compañías, y que sacan a relucir con cada nota de prensa, en el que se detallaran claramente los vocablos tabú que no deben ser utilizados en ningún caso, así como la correspondiente fórmula “suavizada” para designarlos y que minimice los efectos negativos sobre el producto.

Vamos, volviendo a tomar un ejemplo cromático, es como cuando a lo blanco se le llama “níveo” y a una persona de raza negra se dice que es “de color”. Y lo peor de todo es que casi todos los medios, en lugar de ser críticos y estar siempre de lado del usuario, estamos tragando y siguiéndole el juego a esta forma de “manipulación” como si estuviéramos a sueldo de la industria (bueno, algunos lo estarán).

Desde luego que este tema de las “palabras negras” o palabras tabú no es nada nuevo. En el ámbito comercial, hace mucho que se educa a los vendedores para que no pronuncien palabras que puedan ahuyentar al cliente ante la posible venta de un artículo. No se debe decir “caro”, sino de precio “algo más elevado”. Tampoco que un producto es “mejor” que otro, sino que es “más completo”. Y así, un montón de ejemplos más.

Pero no nos desviemos del tema. Concretamente, hay dos de estos eufemismos que me tienen ya más que harto y que se están repitiendo hasta la saciedad (y lo que queda…) en casi todos los análisis, avances, impresiones… y prácticamente cualquier artículo relativo a juegos mainstream que podáis leer en una publicación, digital o en papel, dedicada al sector del videojuego.

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El primero de ellos, realmente omnipresente, es el de “accesible”. Qué intelectual queda y qué bonito suena, ¿verdad? Mucho mejor que “fácil” y, desde luego, infinitamente más adecuado que palabras tan malsonantes y peyorativas como “chupado” o “tirado”.

Tras la palabra “accesible”, no se esconde más que un intento por dulcificar la brutal reducción de los niveles de dificultad a la que llevamos asistiendo desde principios de la pasada generación (y quizá ya desde la etapa final de PlayStation 2). Un fenómeno que tiene una explicación muy simple: bajando la dificultad, los videojuegos se convierten en una afición apta para cualquiera; y así, excepto los jugones tradicionales, todos salen ganando. El “gran público” puede afrontar cualquier título sin sufrir “frustración” alguna y las editoras ganan millones de nuevos consumidores dispuestos a engrosar sus cuentas de beneficios.

Casi igual de frecuente, especialmente al tratar sobre secuelas de franquicias de renombre, resulta el segundo eufemismo: “continuista”. Es una palabra que queda limpia de todas las connotaciones negativas que tendrían otras expresiones como “sin cambios”, “repetido” o “calcado”. Es más, tildar a un videojuego de “continuista” incluso puede provocar en el lector una sensación positiva, ya que se podría interpretar como que no renuncia a su esencia o que se mantiene fiel a los conceptos que lo llevaron al éxito. Señores de la industria y paniaguados de la misma, no engañan ustedes a nadie. Ya sabemos que uno de sus grandes lemas es “si la fórmula funciona, ¿por qué cambiarla?” así que no vengan ahora a disfrazarnos el manido recurso al “más de lo mismo” con palabras técnicas.

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Por supuesto, hay muchos más de estos eufemismos, pero estos dos son los que, como aficionado a los videojuegos y como redactor de un medio especializado, me parecen más indignantes y vergonzosos.

Y ahora, como despedida, voy decir algo muy clarito y sin ningún eufemismo: dedico este artículo a todos los profesionales verdaderamente independientes, que no se venden y que no son simples aduladores de ninguna compañía, se llame como se llame y tenga los billetes que tenga. A esos a los que no les tiembla la mano a la hora de cascarle un 5 a la típica entrega anual de turno, en lugar de ponerle el 8,5-9 que dictan los intereses mediáticos, y a los que tienen lo que hay que tener para hablar claro y decir las cosas por su nombre.