Splatterhouse – BitBack

¿Cómo ha ido “Jalogüin”, culpables? Por si no habéis tenido suficiente con las chucherías, los disfraces y los fantasmas que andan sueltos por ahí, en el BitBack de hoy os traigo Splatterhouse, uno de los mejores ejemplos de cómo ha de adaptarse la casquería gore a los 16 bits.

Antes de entrar en materia me gustaría hablaros sobre lo paradójico de este juego, porque a pesar de tener un aspecto y una esencia totalmente sangrientos y violentos, no podría ser más tópico en cuanto a su planteamiento. No me refiero a su jugabilidad o puesta en escena, que también, si no al argumento que narra la historia de este juego. Rick y Jennifer son dos estudiantes de para-psicología que van a dar con sus huesos a una mansión encantada que tiene muy mala leche. Rick es el único que consigue escapar de su cautiverio, pero no abandonará a su novia en tan terrorífico lugar, así que no dudará en adentrarse en sus oscuros pasillos y estancias.

La cosa es que tras ser secuestrado, Rick despierta con una máscara que se está mimetizando con su cara y que le otorga habilidades sobrehumanas. Esto se debe a que esta máscara está maldita y otorga poderes a quien se la pone, aunque a riesgo de que esta intentará poseer a su anfitrión hasta la médula. Por supuesto, Rick no sabe por qué lleva puesta la máscara ni quién se la ha puesto, ¿pero acaso importa?

Este planteamiento de chico rescata a chica no es lo único tópico del juego, ya que la jugabilidad no deja de ser lo que ya hemos visto en muchos otros títulos. Este juego se desarrolla bajo un scroll lateral (de izquierda a derecha como suele ser) que se desplazará según lo hagamos nosotros, aunque en determinadas ocasiones nos encontraremos con zonas en las que el scroll es automático.

Los ataques que podemos ejecutar son bastante variados e incluso nos dan la posibilidad de poder ejecutar algún ataque especial para ayudarnos a acabar con nuestros enemigos.
A partir de Splatterhouse 3 y a pesar de que la mayoría de los aspectos del juego seguían siendo iguales, hubo un gran salto jugable que abandonó el clásico scroll bidimensional para pasar a convertirse en una especie de beat’em up, lo cual supuso un soplo de aire fresco para la jugabilidad de la saga.

La ambientación es sin duda alguna la seña de identidad de la saga. Decoraciones grotescas, salas de tortura, violencia gratuita, sangre a raudales y enemigos salidos del mismísimo infierno son algunos de los elementos que ayudan a crear una atmósfera propia a este juego. Haciéndola muy similar a las películas gore de los 80, especialmente a una en particular, Viernes 13.

Y es que es innegable que plagiaron se basaron descaradamente en Jason para el diseño del personaje principal. Una máscara, un tío enorme y cabreado… ¿habrá alguien que no vea las similitudes? De hecho, es tan descarada que aunque en la versión original de este juego la máscara es también de hockey, con cada nueva secuela se fue cambiando el diseño y detalles de la máscara para intentar diferenciarla, pero la comparación sigue siendo inevitable.

En Europa sólo pudimos disfrutar de este juego en su versión arcade original. ¿Sólo? Pues sí, y casi mejor, porque las versiones domésticas de EEUU y Japón sufrieron más de un machetazo (soy un crack hilando conceptos) por parte de la censura. En Japón eliminaron la sangre en determinadas escenas y se suprimió el machete como arma principal, imposibilitando de ese modo que pudiesen acabar con los enemigos a base de decapitaciones. En EEUU fueron un poco más allá manteniendo la censura nipona y añadiendo alguna propia, como el rediseño entero de una pantalla completa por sus innumerables referencias religiosas.

En resumen, que si os gusta el gore, la casquería o Viernes 13 este es vuestro juego, y si tenéis que elegir, quedaros con la versión arcade.