Wolfenstein II y el placer (no culpable) de matar nazis

Con el lanzamiento de Wolfenstein II repasamos la situación actual. ¿Qué ha llevado a que se considere polémica la burla del fascismo? ¿Debemos sentirnos mal por matar nazis?

Cada 9 de mayo, los países que conformaron el bloque socialista celebran el Día de la Victoria, conmemorando la caída de los nazis y el aplastamiento del fascismo. Cada 27 de enero, las naciones miembros de la ONU recuerdan a las víctimas del Holocausto, el mayor genocidio de la historia, llevado a cabo por el mayor cáncer que ha sufrido la humanidad. Y cada vez que sale un Wolfenstein, los fans de los videojuegos pueden disfrutar del placer de matar al enemigo más recurrente de la ficción -y no ficción- del último siglo: los nazis.

Wolfenstein II y el placer (no culpable) de matar nazis

El consenso cultural nos dice que está justificado por el público. Hemos visto a Indiana Jones hacerlo; al Capitán América disfrutar machacándolos, a Tarantino burlarse de la élite nazi en Malditos Bastardos y hasta a zombis nazis siendo pulverizados en… Zombis Nazis. El mundo parecía haber aceptado que el fascismo se combate a fuego. Y, de pronto, nos hemos encontrado con que de sus cenizas ha resurgido un viejo debate, abierto por la polémica que suscita en Estados Unidos el lanzamiento de un videojuego en el que matas a fascistas. El pasado llama a nuestras puertas para recordarnos que, quizás, habíamos dado por muertos a los villanos antes de tiempo.

Wolfenstein II y el placer (no culpable) de matar nazis

Todo empezó con un, aparentemente, inofensivo tweet. El equipo de Bethesda utilizaba esta red social para decir “Make America Nazi-Free Again”. Ese juego entre el lema de Trump y el contexto ambiental del videojuego -unos Estados Unidos dominados por los nazis- acabó siendo, sin embargo, el centro de una polémica. La famosa alt-right reaccionaba contra este mensaje y acusaban a la compañía de estar demasiado “politizada”.

La era Trump

Estas reacciones no debían ser una sorpresa y, sin embargo, lo fueron. En un país en el que los neonazis están perdiendo el miedo a afirmar con orgullo sus ideales y en el que el propio presidente mantiene una tibieza que raya en la complicidad con estos grupos, la presencia de un antifascismo claro en un videojuego de pronto ya no resultaba algo natural, aceptado e inofensivo. Ahora se convertía en un posicionamiento político (como si no lo fuese de por sí cualquier mínimo acto). Y en uno susceptible de causar polémica.

Muchas fueron las acusaciones utilizados por estos miembros de ideologías ultraderechistas, hasta el punto de que el vicepresidente de Bethesda se vio obligado a pronunciarse al respecto, considerando inquietante que se pueda ver como un gesto político controvertido un título de esta índole. Palabras similares utilizó Tommy Bjork, guionista de Wolfenstein II: The New Colossus, para referirse a esta situación:

Es a la vez extraño e inquietante. Wolfenstein siempre ha sido una serie de videojuegos que ha tenido un muy fuerte mensaje anti-Nazi. Estamos orgullosos de continuar esa tradición con The New Order y Wolfenstein II: The New Colossus. Es uno de sus temas principales, el ser un juego anti-Nazi. Que en 2017 eso se considere controvertido es realmente extraño.

De todas estas críticas, las más llamativas fueron las que lo consideraban irrespetuoso e intolerante. Sin embargo, no es la primera vez este año que un videojuego hace saltar las alarmas fascistas. La presentación de Far Cry 5 y su temática, alojada en la América más profunda y conservadora, causó mucho malestar. Sus detractores, curiosamente, tuvieron pocos problemas cuando eran otros los pueblos e ideales recreados.

El peligro de olvidar el fascismo

Parece que el paso del tiempo ha hecho ignorar lo que pasó cuando el fascismo no fue claramente repudiado. Cuando se le permitió florecer, y todavía no se conocía el verdadero peligro que ahora sabemos que supone. “Aquellos que no recuerdan el pasado están condenados a repetirlo”, advirtió el filósofo George Santayana. Hoy, 72 años después de terminar la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos a todas luces ha olvidado la lucha antifascista.

En un mundo en el que gran cantidad de personas apoyan la pena de muerte y hay un consenso generalizado sobre la necesidad de usar la violencia para exterminar el terrorismo islámico, surge la aparente incoherencia de que determinados grupos consideran ofensivo el sugerir siquiera que ante ideologías intolerantes no se puede actuar con tolerancia. Siendo, además, muchos de esos grupos los que con más vehemencia y radicalidad defienden el uso de la violencia en los casos que le convienen. Porque este no es realmente un vacuo debate sobre la tolerancia, sino una defensa con uñas y dientes de lo que consideran suyo. Incluida, en este caso, la simbología fascista.

Son tiempos oscuros aquellos en los que hay que recordar que la única falta de respeto cuando se insulta una bandera nazi es la existencia de esa bandera. Que el antifascismo no se caracteriza por su intolerancia, sino que actúa como defensa contra esta. Que criticar un videojuego por colocar a los nazis como villanos te posiciona como cómplice de sus horrores. Y en los que hay que recordar que nadie, nunca, tiene derecho a quitarnos el placer nada culpable de matar nazis.