Ya no se hacen juegos como los de antes - Opinión

Con frecuencia se alude al “cualquier tiempo pasado fue mejor” y al “todo tiene un principio” cuando se procede a recordar. En el caso que hoy nos ocupa, no estoy tan seguro de poder afirmar si cualquier época pretérita fue mejor o no (puede que aún me falten años para saber hacerlo con eficacia), pero de lo que sí estoy más seguro es de que el principio fue, es, y será, lo más relevante en esta historia en particular. Hablamos de los videojuegos y del impacto sentimental que éstos poseen sobre nuestras vidas y para conseguir expresar lo que esto significa, debo retrotraerme a mi propio pasado.

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Porque ¿cuántos de los aquí presentes no aprovechaban el más mínimo instante para escaparse a jugar a las maquinitas mientras los adultos se dedicaban a sus cosas?, ¿qué había en aquel salón de las recreativas que lo convertía en un lugar tan exótico y seductor? ¿Qué hacía de esos rincones en los bares, tan inadvertidos y cotidianos para los parroquianos algo tan mágico y singular para los jugadores? Del imán tan poderoso que ostentaban la palanca y los botones, entonces nada sabía, y poco sé ahora.

De lo que sí era consciente era del poder casi divino que poseía la moneda de 25 pesetas, el escalofrío que provocaba cada vez que la agarraba en el bolsillo, mientras recorría el camino habitual hacia tu salón recreativo más cercano. Esta fue mi primera certeza: de pronto el agujero en el metal se había convertido en el ojo de una cerradura, la puerta de entrada a un mundo lleno de aventuras inimaginables que pendían de tu pericia exclusivamente (y de la paciencia de los padres, por supuesto), y que te esperaban sólo a ti.

Entonces los chavales nos arremolinábamos en torno a una recreativa y hacíamos cola por demostrar nuestras habilidades. Hoy ya no es lo mismo, no debes batirte el cobre con nadie para llegar al mando; basta con encender la consola y echarte la partida de rigor. Y luego ya te encontrarás con la gente.

Sin embargo, hace años, la cosa era diferente: primero era la gente, luego lo demás. Volvemos, por tanto, al principio, al recuerdo como móvil ineludible del afán por lo retro. Ir al salón de las recreativas era algo así como acudir a nuestro particular ágora griego: allí quedábamos con nuestros amigos, allí debatíamos con auténtico fervor. Se vivía con pasión, se sufrían muertes horribles dignas de una película trágica. Era territorio prohibido para los adultos y para las chicas, y eso nos confería el aura única que nuestro apetito voraz por la vida requería.

Juegos como el Golden Axe, el Street Fighter, el 1942, Pac-man, Tetris, Donkey Kong o Space Invaders, competían por robarnos cuantas más horas posibles, algo que a nosotros nos parecía bien y por ello lo consentíamos con entusiasmo. Así fue como se generó un caldo social que marcaría a las generaciones venideras: los videojuegos no sólo generaban emociones, aglutinaban a personas de diferente índole, con las que se podía socializar, a las que jaleabas o puteabas según la ocasión. Las maquinitas se componían de píxeles con mensajes ocultos, que sólo nosotros, los avezados jugadores sabíamos comprender y descifrar.

No obstante, nuestra guarida del tesoro no tardaría mucho en ser asaltada. A los salones llegaron los mayores y, oh dios mío, las chicas. Recuerdo como algunos llevaban a su primera novia a aquellos salones ya extintos, y sonreían ufanos, chulescos, sabiéndose los protagonistas absolutos de la función, mientras los demás les mirábamos con envidia desmedida (yo uno de ellos, por supuesto). ¿Qué había que hacer para conocer a una chica, después de todo?

Si ibas con mucha frecuencia, podías captar la atención de alguna chica, y entonces, ¿quién sabía lo que podía pasar? Así comenzaron todo tipo de fantasías en plena pubertad, sueños compartidos en los que uno se imaginaba entrando al salón de recreativas con una chupa bajo un brazo y una chica guapa bajo el otro, atrayendo las brillantes miradas de los habituales del lugar. Ahora soy consciente de que todo era probablemente fruto de una visión propia de una etapa que moría, y que no supe advertir con más antelación, pero ¿qué importa?

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Importa porque los juegos de hoy buscan suscitarnos las mismas emociones de entonces, pero no nos damos cuenta de que eso es imposible, básicamente porque nosotros ya no somos los mismos de entonces. De pronto nos abruman sentencias como “ya no se hacen juegos como los de antes”, cuando es una frase tan obvia que a menudo olvidamos lo que significa.

Nos gusta volver sobre nuestros pasos hacia la primera experiencia, la más indómita, esa que le dio forma y sentido a todas las que luego vinieron sucediéndose, pero a cierta distancia, eso sí. Porque el pasado debe permanecer intacto, y porque el futuro es incierto. Es por esto que atesoramos con tanto mimo las primeras cabalgadas por Hyrule, el aire helado de Shadow Moses o la batalla final contra el General Raam a bordo de aquel frenético tren. He aquí el auténtico secreto del por qué añoramos ciertos juegos: la aventura continúa, pero tuvo un principio. Y de ese principio, nadie puede escapar.

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