Opinión - Cuando éramos "los raros"

Los videojuegos se han convertido en uno de los sectores más importantes de la industria del ocio. Cualquiera que siga un poco la actualidad del mundillo está al tanto de la enorme dimensión que ha adquirido este negocio. Nos hemos acostumbrado a hablar de cifras millonarias con toda la naturalidad del mundo. Millones de unidades vendidas, millones de consolas distribuidas, millones de dólares de beneficios, videojuegos con presupuestos millonarios… Todo es a lo grande.

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Aunque sea evidente decirlo, hay una explicación para que esta afición se haya convertido en un elemento fundamental en la dieta de ese monstruo llamado capitalismo: todo el mundo juega a videojuegos. Ya no se trata de algo que interese sólo a los que llevamos en esto desde que tenemos uso de razón. Niños, jóvenes, mayores, amas de casa, profesionales… La industria tiene el videojuego adecuado para ti, da igual tu edad, nivel académico o grupo social. Tampoco importa que tengas experiencia previa o interés alguno por la historia de este entretenimiento; desde el momento en que tu bolsillo entra en el juego del consumo, puedes considerarte un auténtico gamer de pro.

No es ya que los videojuegos estén de moda. Esa fase ya pasó. No encontramos en un punto en que los videojuegos han sido completamente asimilados dentro de lo que podríamos llamar “conductas socialmente aceptadas”. Pero no siempre han gozado de este nivel de aceptación social. El punto de inflexión que marcó el inicio del proceso de tolerancia que ha culminado en la actualidad se encuentra en la aparición de la primera Playstation.

Hasta la salida de la consola de Sony, los videojuegos eran una afición bastante “incomprendida” por decirlo de manera suave. Para las mentalidades de la España de los 80 y primera mitad de los 90, los videojuegos se asimilaban irremediablemente a juguetes, con lo que suponía algo inconcebible y muy “mal visto” el que un joven que sobrepasara cierta edad siguiera interesado en este pasatiempo puramente infantil. Pero la cosa iba más allá de ser considerados un mero “juego de niños”. Todo lo que se asociara a los videojuegos provocaba inmediatamente una reacción peyorativa.

Seguro que los culpables que sobrepasáis la treintena os sentís identificados con lo que voy a comentar. Si eras aficionado a los videojuegos, automáticamente eras el “raro” de la clase. Tenías que aguantar constantemente frases en plan “¿todavía juegas con maquinitas?” o “los marcianitos te han comido el coco”. Pero no era sólo en la escuela, sino que la mayoría de los padres de la época eran también bastante intolerantes al respecto, con lo que los videojuegos eran casi siempre los culpables de las malas notas o de cualquier comportamiento reprobable. Y como ya te diera por frecuentar los salones recreativos… Vamos, ya entonces no es que fueras sólo un tío “raro” sino que directamente pasabas a la categoría de “compañía de mala influencia” y delincuente al margen de la sociedad.

Este desprecio hacia todo lo relacionado con los videojuegos era además fomentado desde sectores con gran arraigo en nuestro país, como por ejemplo la industria juguetera. El sector del juguete tradicional, de gran importancia en la economía nacional, no encajó nada bien que vinieran estos “cacharros” a quitarles parte del pastel, por lo que fueron frecuentes campañas muy, muy agresivas en contra del videojuego en las que se les consideraba sin tapujos como una forma de ludopatía o de drogadicción.

Todo este clima social adverso provocaba que los gamers fuéramos una especie bastante aislada. Recuerdo incluso como muchas veces, cuando conocías a gente, evitabas a toda costa sacar en la conversación el tema de los videojuegos por miedo a ser ridiculizado o apartado.

A pesar de todo, ahora que recuerdo aquellos tiempos desde la perspectiva que te da la madurez y el paso del tiempo, no veo todo aquello como algo negativo. Ahora veo claramente que todo aquel rechazo social te hacía en cierto modo sentir especial. Al ser los videojuegos algo tan minoritario e incomprendido, era como si fueras miembro de un club muy selecto; como si tuvieras en tus manos la llave hacia un mundo secreto que sólo compartías con un pequeño grupo de compañeros, con los que además forjabas unos lazos de camaradería que no he vuelto a encontrar en toda mi vida.

Es verdad que esta afición no ha conseguido nunca librarse totalmente de esta “leyenda negra”, y de vez en cuando tenemos que soportar la típica noticia sensacionalista que culpa a los videojuegos de casi todos los males del mundo. No obstante, como decíamos al principio, las cosas han cambiado mucho. Puede que los jugones de “toda la vida” sigamos siendo incomprendidos, pero es ya por otros motivos y, desde luego, ya no somos arrinconados ni marginados. Posiblemente debería estar contento. Seguramente tendría que alegrarme de que los videojuegos hayan dejado de ser una afición de minorías para convertirse en un fenómeno omnipresente que es capaz de mover más dinero que el cine y la música juntos. Lo lógico sería sentirme feliz porque todo el mundo disfruta de los videojuegos, sea en su consola, en su ordenador, tablet, smartphone y casi en su lavadora.

Todo eso sería lo normal. Sin embargo, hoy echo de menos aquella época en que los videojuegos eran casi un negocio artesanal. Echo de menos cuando la falta de información hacía que todo pareciera mágico e impactante. Extraño aquella amistad tan profunda y sincera con el reducido grupo de compañeros de clase que compartían tu afición. En definitiva, hoy echo de menos esos días en que éramos “los raros”.